sábado, 20 de junio de 2015

'Valencia, su Mercado Central y otras debilidades', en Fnac

‘Valencia, su Mercado Central y otras debilidades’ (Araña). Un libro singular. Su autor, Vicente Torres, tiene la valiosa cualidad de atreverse a decir cosas que casi nadie dice. Muchos se atreven a decirlas en privado, pero no en papel impreso o internet, bajo el temor de no ser calificados de ‘políticamente incorrectos’, una camisa de fuerza ideológica que nos ha ido desactivando en los últimos años. Torres, lacónico y duro, dedica capítulos a los niños robados, la custodia compartida, los premios injustos, Calatrava, Gurtel… En su mirada escéptica no busca cómplices ni aplausos, no escribe de cara al tendido. Lo hace desde una indomesticable conciencia individual. Sus opiniones pueden sonar (a veces) a discutibles y tercas, pero es que así son las conciencias que no nacen del aluvión. A Torres no le da miedo formar parte de la extrema minoría.
Rafa Marí


Pues bien, en este trabajo, Vicente Torres nos deja un abanico de situaciones, algunas no exentas de polémica, otras cargadas con la munición que procura la ironía y un fino sentido del humor.
Breves textos que, en ocasiones, se cubren con un
tinte de amargura, de estoicismo, del discreto silencio del autor que en sus prosas reivindica siempre la educación y las buenas maneras, la corrección y la cultura, como señas de identidad que deben ser mucho más valoradas e incluso rescatadas del olvido por la ciudadanía.
Rafa Correcher

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La ridícula ley de Protección de Señas de Identidad

El que sigue es el quinto y último artículo que escribí para Valencia Oberta, publicación en la que no volveré a colaborar, porque en este mismo me han recortado las palabras que van entrecomilladas.

"Me parece muy mal que el gobierno valenciano gaste parte del poco dinero que tiene en chorradas de este tipo. Y digo chorradas por no decir algo peor.

De entrada quiero señalar que la única identidad que me atañe, como ser humano, es la mía propia. Las identidades colectivas me parecen dignas de estudio, pero hay que tener en cuenta que son cambiantes y que contra esto último no hay nada. Cualquier intento en este sentido puede considerar baldío y contraproducente, porque puede hacer que algunos se sientan forzados a mantener costumbres que ya están fuera de lugar.

Lo que quiero como ciudadano es que los servicios públicos funcionen. Que la sanidad pública pueda dar un servicio adecuado, que todos los medicamentos que la gente necesita para vivir sean financiados por la Sanidad, que la Educación sea digna de tal nombre, etc."

Lo que sería deseable es que los políticos se dieran cuenta de que estamos tratando de vivir en democracia y eso significa que ellos están al servicio del pueblo; no son, como induce a pensar esta tonta iniciativa, pastores que tienen que llevar al ganado a los prados que desean.

Lo que debería hacer el gobierno valenciano, en lugar de maquinar 'genialidades', es ahorrar dinero suprimiendo instituciones que sobran, como la Academia Valenciana de la Lengua y otras, y darse cuenta de que proteger y fomentar el uso y el estudio de la lengua valenciana está bien, pero que eso no significa que lo tenga que imponer, porque cuando se intenta imponer una lengua por la fuerza lo que se consigue es acelerar su desaparición.

El gobierno valenciano sabe, y también lo sabe el ayuntamiento de Valencia, que se pongan como se pongan la lengua más usada en el Reino es la conocida como española; por tanto, el servicio a los ciudadanos requiere que se tenga esto en cuenta.

Vicente Torres

Las enfermizas ideas de Enric Morera

El que sigue es el cuarto artículo que escribí para Valencia Oberta, publicación en la que no volveré a colaborar, porque al último artículo que me han publicado le han recortado alrededor de cien palabras.
 
El enemigo del pueblo de nuestros días es el nacionalismo. Cualquier tipo de nacionalismo. A los nacionalistas no les interesa el bienestar de la gente, sino que la utilizan para conseguir sus fines. Para eso enredan y desvían la atención de sus posibles votantes de las cosas que realemente les interesan a las que les convienen a ellos, los nacionalistas. Defienden los derechos de sus zonas geográficas, como sí éstas pudieran tener derechos. No se preocupan del porvenir, sino que siempre hablan del pasado.
No se elige el lugar de nacimiento y muchas veces tampoco el de residencia, puesto que esto último está ligado a las alternativas laborales de cada cual. Se utiliza una lengua u otra en función de la comodidad de cada uno. Y es conveniente actuar en alianza con otros para que el esfuerzo de todos en común redunde en beneficio de la comunidad, pero entendiendo la comunidad como ese grupo de personas concreto, en ese momento determinado. Si en lugar de buscar el beneficio de esas personas se persigue el del territorio y se esgrimen hazañas pasadas y afrentas recibidas unos siglos atrás se pervierte todo.
El tal Enric Morera dice que la RACV ha trabajado para destruirnos como pueblo. Habría que ver de qué pueblo habla y qué entiende él por destruir un pueblo. Si lo que pretende, como parece ser, es que los valencianos nos comportemos como si fuéramos catalanes está muy equivocado.
La RACV es una entidad casi centenaria que lleva a cabo una actividad cultural mediante la cual es imposible que destruya nada. Lo que ocurre es que otra de las facetas de los nacionalistas es que siempre tienen la palabra democracia en la boca, pero no admiten la disidencia. A quienes no se tragan sus bolas les llaman fachas, fascistas, botiflers, y otras lindezas quizá irreproducibles.
Otra de las características de este Morera es que se dice nacionalista y de izquierdas, que es lo mismo que sorber y soplar al mismo tiempo. O se es de izquierdas o se es nacionalista.
Vicente Torres

Academia Valenciana de la Lengua por castigo

El que sigue es el tercer artículo que escribí para Valencia Oberta, publicación en la que no volveré a colaborar, porque al último artículo que me han publicado le han recortado alrededor de cien palabras.
 
Aznar veía tan segura la hegemonía del PP en el Reino de Valencia (cuando todos empleen el nombre oficial yo también lo haré) que no dudó en darle una puñalada, en la seguridad de que se la perdonarían, para asegurarse el apoyo de Pujol, ese que había hecho su célebre alegato: A partir de ahora seremos nosotros los que hablemos de moral y de ética” .
La moral y la ética en este caso consistió en castigar los bolsillos de los valencianos con esta imposición. Aznar acató la imposición y le hizo el encargo a Zaplana, que ideó la estratagema y le encargó al entonces muy obediente subordinado suyo, Camps, que la llevara a cabo. Y este se sirvió de dos personajes del partido muy ambiciosos para rematar la faena. Zaplana debía de saber que eso era una puñalada, pero lo más probable es que Camps no se haya dado cuenta todavía, puesto que incluyó a la fenicia Academia Valenciana de la Lengua en nuevo Estatuto que nadie pedía.
Fabra, que tuvo arrestos para cerrar la Televisión Valenciana, no se atreve a cerrar esta innecesaria y onerosa institución, a pesar de que ni Aznar, ni Pujol, tal para cual, están en la política.
Las lenguas son de quienes las hablan. Los lingüistas pueden determinar de dónde procede una lengua; y también pueden equivocarse o mentir; lo que no pueden decidir es hacia donde va, cuestión esta que corresponde a sus dueños, los usuarios.
Las mentes simples utilizan el símil del español que se habla en México o en Costa Rica. Olvidan que el español es la lengua franca de aquella parte del mundo, y que a todos les interesa que el español de Uruguay sea el mismo que el de Colombia, para poder seguir comerciando unos con otros.
Los valencianos no necesitan hablar la misma lengua que los catalanes. También el español es la lengua franca de España, por tanto, la lengua valenciana puede tomar la deriva que quiera, sin que de eso resulte un perjuicio para los valencianos.
Los catalanistas no tienen ningún derecho a imponer sus normas ortográficas a los valencianos. Si quieren hablar la misma lengua, pueden adoptar las normas ortográficas y el diccionario de la RACV. Y olvidar la ridiculez esa del siglo de oro de las letras catalanas. El Siglo de Oro es valenciano.
Vicente Torres

El daño hecho por Joan Fuster

El que sigue es el segundo artículo que escribí para Valencia Oberta, publicación en la que no volveré a colaborar, porque al último artículo que me han publicado le han recortado alrededor de cien palabras.
 
Este escritor suecano fue un señor que encontró un filón en la fiebre nacionalista, lo explotó y le fue muy bien. En Cataluña lo llaman “ensayista extraordinario”, “gran pensador” y cosas por el estilo. Sus libros alcanzan cientos de ediciones, pero cabe suponer que la mayor parte de ellos se venden en Cataluña, unos cuantos en el Reino de Valencia (cuando todos utilicen la denominación oficial yo también lo haré), y para de contar.
Fuster se dedicó a investigar las cosas desde el punto de vista que más conviene a los catalanistas. Escribió exactamente lo que ellos quieren leer. Lo raro es que los catalanes no nacionalistas no hayan protestado ante la estupidez de las tesis que esgrime. Se conoce que aunque no sean catalanistas alguna debilidad nacionalista sí tienen. No advierten los disparates, sino que les llegan como textos dulces, les sube la autoestima colectiva, aunque no sean conscientes. La superioridad catalana, etc.
Si Fuster hubiera hecho un análisis imparcial, examinando el asunto desde distintas vertientes, y no desde la óptica catalanista, sus textos habrían tenido mucha más calidad, pero muy poca repercusión mediática.
Las tesis de Fuster han sido desmontadas por algunos valencianos, pero el poder editorial está en Cataluña y arrima el ascua a sus negocios. Les interesa vender mucho. Si colonizan culturalmente el Reino de Valencia, venderán muchos libros en catalán en estas tierras.
Por otro lado, los socialistas fueron secuestrados por los nacionalistas. Una cosa es ser antifranquista y otra ser demócrata, pero los socialistas creyeron que una cosa era sinónimo de la otra y adoptaron los postulados nacionalistas. Ya pueden los intelectuales de izquierdas clamar en el desierto afirmando ser izquierdista es incompatible con ser nacionalista que los políticos van a la suya.
Los socialistas valencianos adoptaron las tesis de los nacionalistas catalanes y aceptaron los libros de Joan Fuster como su biblia particular. Llevan años desaparecidos de la escena política valenciana.
Vicente Torres

Presentación

El que sigue es el primer artículo que escribí para Valencia Oberta, publicación en la que no volveré a colaborar, porque al último artículo que me han publicado le han recortado alrededor de cien palabras.
 
En este primer contacto me gustaría señalar los límites entre los que se mueve mi opinión. Creo que todo ha de girar en torno al ser humano.
No me parecen adecuadas, por tanto, las religiones que se aprovechan de los miedos de sus fieles para subyugarlos, ni las que se sirven de sus carencias afectivas y otras debilidades para esclavizarlos. Creo que una religión debe servir para que los individuos mejoren y no ocurre eso es nefasta.
Lógicamente, también creo que las lenguas han de servir para facilitar la vida a la gente y no para complicársela. Opino que ninguna lengua debe tratar de imponerse por la fuerza. Tampoco estoy de acuerdo con que haya lenguas oficiales. Cada cual debería aprender o estudiar las que considerara convenientes. Los poderes públicos deberían establecer el número mínimo de lenguas a estudiar, sin especificar cuales. Por otro lado, es obvio que los lingüístas pueden averiguar de dónde viene una lengua, pero lo que no pueden hacer es decidir hacia dónde va. Eso depende de las necesidades de los usuarios. Cuando una lengua se intenta imponer a la fuerza lo que se consigue es que sea aborrecida por muchos, y pierda interés para otros. Se puede incentivar el estudio de una lengua, pero todo lo que sea pasar de ahí es pernicioso.
En lo que respecta al nacionalismo, lo tengo por una doctrina perniciosa, intrínsecamente mala, que fomenta el egoísmo de las personas y se nutre del odio a lo ajeno. Algunos adjetivan los nacionalismos, con la perversa intención de hacer creer que unos pueden ser buenos y otros son malos. Todos los nacionalismos son iguales. Se basan en un exagerado amor a lo propio y menosprecio al resto. El nacionalismo no está al servicio de las personas, sino que se sirve de éstas para alcanzar sus fines. Obviamente, los beneficios que se puedan obtener sólo alcanzan a unos pocos. A los demás se les mantiene entretenidos con ideas vacías y pensamientos improductivos.
Vicente Torres

domingo, 16 de diciembre de 2012

El atractivo del mal

No es raro que personas que se desenvuelven dentro de unos límites aceptables tengan trato frecuente con otras de las que se sabe que no se frenan cuando de cometer una maldad se trata.
Ya se sabe que la mayoría necesitan de una coartada para perpetrar la maldad que proyectan, y que en bastantes casos esa coartada puede ser bastante infantil. En el caso de los psicópatas, basta con que vislumbren que pueden conseguir algo para que se decidan.
En gran parte de los casos, las fechorías son de esas que quedan impunes, porque las leyes no pueden abarcarlo todo.
Y el hecho de que perpetren sus fechorías no suele hacer que disminuya el número de sus amigos. Incluso los hay que les admiran. Y es que el mal ejerce un notable influjo. El mal es destrucción y es violencia. Y el ser humano a menudo siente la pulsión de destruir, que reprime en la mayor parte de los casos. Quizá esos deseos de ejercer la violencia y de destruir cosas que han quedado reprimidos son los que llevan a muchos a admirar a quienes sí que los llevan a cabo. Los entienden puesto que a ellos también les hubiera gustado hacerlo.
Hay otra cuestión que no quiero callar. Quienes tratan con estas personas malvadas no se sienten cohibidos en el plano moral por ellos, como sí que podría ocurrir con otros cuya sujeción a un código de conducta fuera tan evidente que les obligarse a darse cuenta de que lo su modo de vida tiene más que ver la con la satisfacción de caprichos que con código alguno. Con estos últimos sufren una suerte de humillación interior a la que no hay lugar cuando tratan con aquellos con los que se sienten moralmente superiores. Comparados con éstos incluso se sienten buenos, cosa que no les desagrada del todo si la pueden conseguir sin esfuerzo.